O texto breve da Editorial 100
Director: Diego Martínez Lora
Alberto Caballero 18/06/09
El olor que olemos
Algunos meses atrás hubo en mi casa una filtración de agua. Al parecer alguna tubería o una unión de la plomería del baño del segundo piso se encontraba dañada porque cuando uno de nosotros nos duchábamos gotas de agua empezaban a caer en la alfombra desde el techo de la sala, justo debajo de ese baño. Transcurrieron cuatro o cinco semanas sin haber realizado ningún tipo de reparación. Casi al final de ese periodo, mientras nos encontrábamos en casa, no advertíamos nada anormal, excepto, claro, cuando alguien se duchaba. Sin embargo, al regresar, después de varias horas de permanecer por diferentes motivos en otro lugar, apenas ingresábamos a casa distinguíamos el olor penetrante de la humedad y entonces nos decíamos que había una reparación pendiente por hacer, pero luego de algunos minutos nos olvidábamos del asunto y ya no percibíamos nada inquietante, como si de pronto nuestro sentido del olfato se hubiera acostumbrado a esa fetidez.
Recuerdo que consciente de este hecho aparentemente inexplicable una mañana al levantarme intenté percibir el mal olor. Permanecí en la sala por varios minutos tratando de oler la humedad. De nada sirvió acercar la nariz al techo en donde ya se veía un pequeño agujero o a la alfombra que ya reflejaba una mancha amorfa. Fueron intentos inútiles. Entonces salí a caminar y a respirar otros aires y al regresar luego de casi una hora no me fue difícil advertirla. Esta vez no fue necesario esforzarme ni acercar la nariz. Se percibía desde la puerta principal. La humedad guardada emanaba un olor desagradable. Aunque ese mismo día reparé el problema, durante otros más tuvimos que mantener puertas y ventanas abiertas.
(*)Alberto Caballero,
ingeniero y escritor peruano. Vive actualmente en USA.
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