O texto breve da Editorial 100

Director: Diego Martínez Lora


Alberto Caballero   09/02/10

 

ORO Y PLATA

 

Días antes de cumplir los diecisiete años, a comienzos de enero del 71,  dejaba Trujillo y llegaba a Lima para postular a la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI). Una tía, hermana de mi madre, me había facilitado una habitación en el segundo piso de su casa de Pueblo Libre cerca de la cuadra trece de la Av. Bolívar. Encontré ahí un televisor, una radiola —de esos en que se usaban los discos de carbón— y un escritorio. Recuerdo que estudiaba en la academia Ingeniería a partir de las dos de la tarde, de modo que tras levantarme temprano y tomar desayuno me alistaba a estudiar en ese rincón de la casa mientras descubría melodías que no había escuchado antes.

Me topé, dentro de la radiola, con un juego de discos de música clásica y con ese fondo musical estudiaba aritmética, algebra, geometría, trigonometría, física y química y de vez en cuando humanidades. Recuerdo haber encontrado como veinte long plays —discos negros de carbón, grandes, de veinte o treinta minutos de duración por lado— o algo más de ese tipo de música, así que debía tener paciencia para escucharlos todos. Ahí redescubrí a Beethoven, a Tchaikovsky, a Strauss padre e hijo, a Stravinsky, a Bach, a Bizet, a Saint- Saëns, a Verdi, a Mozart, a Liszt, a Schubert,  y a otros tantos que me hicieron recordar las clases de música que lleváramos en el colegio creo que en el tercer año de secundaria con el profesor que no logro recordar su nombre pero que le decíamos “Pajarito”. Me parece, aunque podría estar equivocado, que con los años más nos acordamos de los amigos por sus apodos que por sus nombres.

Durante el transcurso de esos días, me parece que al mes de haber llegado —llegué a lima el 11 de enero de 1971 a eso de las cuatro de la tarde—, escuché una melodía, un vals, que me estremeció hasta el tuétano. Se llamaba Oro y Plata.  No sé por qué razón sentí una nostalgia extrema y en mi mente se recreó una historia algo extraña e incomprensible que logré relacionarlos con unos sueños recurrentes. No es que sea obsesivo ni masoquista pero aunque se me erizaba la piel me gustaba escuchar ese vals cada mañana porque creía que en algún momento podría recordar con mayor claridad ciertos hechos pasados o tal vez de una vida anterior y que de algún modo llegaban a mi mente a través de esos sueños.

En el transcurso de los primeros meses del 71 fui conociendo Lima. Conocí a otros amigos y a otras amigas. Sabía que en Lima vivían varios hermanos de mi madre y algunos primos de mi padre, pero no pude ampliar mi percepción acerca de ellos y de mis primos hasta que hube de conocerlos. Finalmente ingresé a la universidad. El cuadro de ingresantes salió publicado en el pabellón central un 16 de abril y el 18 temprano —cumpleaños de mi madre— regresé a Trujillo con la buena nueva. Mi padre, que me había abierto la puerta, no me creyó en un comienzo: “No me gusta que me engañen, carajo”, me dijo. Mi madre, detrás de mi padre, que me contemplaba con sus ojos negros triste alegres, se adelantó en el acto y me cubrió con sus brazos. Esa mañana, durante el desayuno, mi madre me contemplaba a hurtadillas, pero su mirada era más triste que alegre. Intuí, entonces, que detrás del motivo de celebración se encontraba otra realidad que apenaba a mi madre, que luego de casi diecisiete años dejaría a mi familia. Eso es lo que intuí. Y los ojos de mi madre así lo reflejaban. Esos ojos quedaron imborrables en mi memoria.

Por mayo o junio de ese mismo año con dos de mis hermanos mayores fui a vivir a Breña —distrito de Lima algo más cerca de la universidad—, a dos cuadras de la Plaza Bolognesi,  y ahí si bien es cierto que por medios un tanto misteriosos conocí a la Josefina—nombre de la calavera que encontramos en un gabinete de la cocina —, por otro lado dejé de escuchar Oro y plata. Con el tiempo lo recordaba de un modo vago, e incluso estuve convencido de que el compositor había sido Johann Strauss.

Pero hace unos días, después de casi cuarenta años, cuando prácticamente lo había olvidado, vine a escucharlo a través de una emisora que acostumbro sintonizar mientras trabajo. Era el mismo Oro y plata, y escuché atento los acordes de violines y chelos en melodías de una majestuosidad extraordinaria, y entonces, al escucharlo, de nuevo me estremeció hasta el tuétano como antaño, pero ya no por recordar esos sueños recurrentes ni pensar en una posible vida anterior sino por rememorar aquellos momentos inolvidables de los primeros meses del 71, pero como una condición extraña, también llegaron a mi memoria los ojos triste alegres de mi madre acompañada de una sensación de nostalgia.

Inquieto todavía, regresé a casa, ingresé a Internet, a YouTube, y lo encontré, pero me di con la sorpresa que Oro y plata no era de Strauss sino de Franz Lehár, pero eso ya no importaba. Y desde el sábado, en tanto contemplo una de las mayores nevadas de los últimos noventa años, vengo escuchándolo todo el día, casi ininterrumpidamente. Me recuesto en un sillón, me acomodo apacible y cierro los ojos y no veo oscuridad sino luz porque logro ver a mi familia, a mis nueve hermanos, llenos de vida, pujantes y alegres, aunque tristes de vez en cuando, pero llenos de vida, y también logro ver a mi padre y a mi madre, vivos todavía. La familia completa. Y rescato una juventud de oro y de plata vivida hace casi cuarenta años a través de imágenes recurrentes pero esta vez expuestas a voluntad.

 

M. Alberto Caballero.

Feb. 7 del 2010

P.D. Por si lo quieren escuchar, pueden ingresar a:

http://www.youtube.com/watch?v=DkYx_QxZI3s

 


(*)Alberto Caballero, ingeniero y escritor peruano. Vive actualmente en USA.


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