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Director, editor e operador: Diego Martínez Lora
Texto: 1986-1987: Cambio de Escenarios. Autor: Carlos Amézaga (Perú)
Data: 04
- 12 - 2006
Carlos Amézaga(*)
1986-1987: Cambio de Escenarios
Luego del record de 1985, las cosas cambiaron un poco al año siguiente. Empezaron los compromisos laborales, los días bastante largos en la oficina, los fines de semana dedicados prácticamente sólo a descansar, así que quedaba poco tiempo para el cine. Sin embargo, tuve una mayor preocupación por buscar cine de calidad, dejar un poco la cartelera de estrenos y explorar en cine-clubes y festivales para ver películas antiguas y clásicos del sétimo arte que aun no conocía.
Por otro lado, el año 1986 fue un año notable por un acontecimiento mayor en mi vida: Salí por primera vez fuera del Perú. Tuve la oportunidad de viajar por 20 días a Buenos Aires, una gran ciudad que me deslumbró, donde, además de bifes y librerías, había muchos cines. No es que viera gran cosa allí (y también de paso en Montevideo, Uruguay) pero fue una nueva experiencia de ver cine en el extranjero, fuera de casa.
Esta primera oportunidad, en 1987, pasó a ser una realidad permanente. Desde abril de ese año me fui a vivir a Bruselas y fue el inicio de una gran cinematográfica, especialmente en lo que concierne al cine Europeo, en general, y al francófono, en particular. Todo cambió, todo pasó a ser novedoso para mí, desde las propias salas, hasta el idioma de los filmes, a partir de entonces casi todos en francés. Fue el comienzo de un largo periplo que me ha llevado a ver cine en los más diversos escenarios.
1986 (36 películas)
Empecé con un film maravilloso: Derzu Uzala de Akira Kurosawa. El genial director japonés nos muestra aquí una bella historia de soledad, amistad y castigo. Derzu Uzala, un cazador en Siberia, ha matado un tigre y se siente culpable, cree que no le espera sino ser devorado por otro tigre como castigo a su mala acción. Su amigo el Capitán Arseniev tratará de ayudarlo a sobrellevar su sufrimiento, pero no podrá hacerlo salir de su fatal destino.
Un oportuno festival de Hitchcock me hizo conocer y disfrutar 4 clásicos que después he tenido ocasión de ver varias veces más. Sólo Hitchcock es capaz de filmar una película completa en un ambiente único y desde una sola perspectiva y hacer trajinar nuestros nervios durante 90 minutos. Eso ocurre en La Soga (Rope), donde dos jóvenes pretenciosos matan a un compañero con una cuerda y se atreven a celebrar una fiesta, con el cadáver aun tibio, escondido dentro de un baúl en la propia sala donde se lleva a cabo la fiesta. La acción, basada en los diálogos, crea una tremenda tensión en el espectador durante todo el film y que no se resuelve sino hacia el final.
Iguales sensaciones generaron en ese entonces, y aun hoy día las generan, los tres otros filmes de aquel ciclo. La Ventana Indiscreta (Rear Window), El Hombre que sabía Demasiado (The Man who Knew too much) y Vertigo. Entre otras cosas, difícil olvidarse de las tres famosas rubias de aquellas películas: Grace Kelly, Doris Day y Kim Novak, respectivamente. Nunca mejor que en estos filmes se muestra aquella obsesión del genial director británico por las mujeres de cabello rubio, sus actrices fetiche, una tradición que continuaría más adelante con otras como Tippi Hedren en Los Pájaros (The Birds) y Marnie.
Otra rubia, aunque bastante distinta de las anteriores, causó sensación ese año: Kim Bassinger, quien en 9 ½ semanas (9 ½ Weeks) hizo explosión como actriz y se consagró con una famosa escena de strip tease frente a los ojos atónitos de Mickey Rourke y los millones de espectadores que empezaron a adorarla desde entonces.
Precisamente, Rourke apareció por partida doble, pues también lo vimos en La Ley de la Calle (Rumble Fish), donde encarna a un viejo pandillero en motocicleta, aparentemente retirado, que sirve como modelo a su hermano menor, Rusty James, encarnado por un jovencísimo Matt Dillon. Francis Ford Coppola alcanzó un notable éxito con este film, en blanco y negro, con unas pequeñas manchas de color al final.
Otra película interesante fue Chariots of Fire, donde dos jóvenes británicos, un cristiano y un judío, compiten en las olimpiadas de 1924. La recuerdo como un ejemplo de tesón y voluntad por parte de los personajes, quienes lo dejan todo por correr aunque sus motivaciones sean muy distintas. No tan épico fue El Honor de los Prizzi (Prizzi’s Honor), pero fue una comedia de gangsters muy simpática, con un Jack Nicholson tratando de matar a su mujer y ella tramando hacer exactamente lo mismo.
Este año fue distinto, pues por primera vez salí del Perú y estuve un par de semanas en Buenos Aires, Argentina, y aproveché para visitar el Uruguay. No pude dejar de ir al cine, por primera vez fuera de casa. Estuve en el cinema “Grand Rex” de Buenos Aires y vi Hannah y sus Hermanas (Hannah and her Sisters) de Woody Allen, más emocionante que la propia película fue encontrarme en una sala tan grande y llena de gente, me resultó difícil abstraerme de esa circunstancia, pero al final Woody Allen ganó y pude saborear esta comedia agridulce, donde el propio director cumple, quizás, uno de los mejores roles de su carrera.
Antes de acabar el año, hubo ocasión de ver a una espléndida Simone Signoret en un film de 1951, Casque d’Or, una historia de amor y de pasión, alrededor de una cabellera deslumbrante que da el título a la película. Por otro lado, El Color Púrpura (The Color Purple) y Cotton Club pusieron la nota de color moreno a través de sendos dramas basados en situaciones ficticias, pero que todos sabemos fueron bastante reales.
Ya había pisado tierras extranjeras, pero el año siguiente iba a dar el gran salto, saldría por fin a vivir fuera del Perú y tendría que adaptarme, entre otras cosas, a ver el cine en un idioma distinto, en salas diferentes, con un público diverso, es decir, muchas novedades.
1987 (53 películas)
El último verano que pasé en Lima casi no vi ninguna película, estaba tan emocionado con la idea de que iba a partir que dejé el cine para más adelante, y así ocurrió. En camino hacia Bruselas, hice una escala de 5 días en Madrid y tuve ocasión de ver El Nombre de la Rosa, el famoso film basado en la novela homónima de Umberto Eco. Me gustó todo, el cine, la proyección, el sonido y, por supuesto, la película. Lo único raro, el doblaje al español, ciertamente daba un poco de risa escuchar a Sean Connery expresarse en un fluido tono castizo que parecía salido de un contexto muy distinto.
En ese entonces, Bruselas tenía muchas salas de barrio. Existían también multicines, pero de los antiguos, con salas tipo teatro, muy grandes, pero con pantallas aun reducidas. Algunos de sus cines de barrio eran entrañables y ofrecían un gozo adicional al espectador, pues daban la sensación de intimidad con lo que uno estaba observando, especialmente con los filmes franceses o europeos en general. Recuerdo el Vendome, el Marivaux, el Museo del Cine, el Styx, el Avenue, el Le Roy y los de las galerías Aremberg, creo que varios de ellos han desaparecido para siempre.
La primera película que vi fue A Room with a View, de James Ivory. Típicamente inglesa, con ese tono de comedia romántica que puede convertirse en drama en cualquier momento. Tuve que empezar a adaptarme a escuchar los diálogos en inglés, tratar de entender, y leer los subtítulos en francés para complementar la comprensión del film. Fue difícil al principio, luego ya no hubo problemas.
A continuación me tocaron Platoon y The Color of Money. Oliver Stone y Tom Cruise dos super estrellas en acción, en filmes que podría ser vistos en cualquier lugar del mundo. Lo bueno que tenía mi nueva ciudad, es que se podían encontrar otras películas, aquellas que quedaban fuera de los circuitos comerciales norteamericanos y, por supuesto, peruanos. Así, pude ver algunas como Un Homme Amoreaux, de Diane Kurys, con Peter Coyote y Greta Scacchi envueltos en una tormentosa pasión mientras ruedan un film en Roma. También, Crónica de una Muerte Anunciada; Repulsión, con una Isabelle Adjani totalmente entregada a un rol perfecto para su propia locura; Jean de Florette y Manon de Sources, ambas de Claude Berri; El Beso de la Mujer Araña; o, Max mon Amour, de Nagisa Oshima, donde Charlotte Rampling demuestra que una mujer puede terminar enamorándose de un chimpancé.
Bueno, los cines estaban allí, había tiempo, algo de dinero y las películas empezaron a sucederse una tras otra: Angel Heart de Alan Parker, Rourke y De Niro enfrentados en un caso poco convencional; Stand by Me, una bellísima canción y un buen film; Blue Velvet, extraña y muy particular como todas las de David Lynch, espectacular Isabella Rossellini; The Year of the Dragon, de Michael Cimino; Barfly, otra vez Rourke, ahora como un bebedor empedernido; Full Metal Jacket y The Last Emperor, ambas, superproducciones hollywoodenses que había que ver de todas maneras, pues uno no se puede perder a Stanley Kubrick o a Bertolucci.
Siguieron también The Untouchables, quizás la mas “hitchcockiana” de Brian de Palma; The House of Games, casi una obra maestra de David Mamet, ambientada en el mundo del juego y los tahures; The Belly of an Architect, de Peter Greenaway, notable por la transformación del personaje principal; Something Wild, con Melanie Griffiths; The Living Daylights, esta vez Timothy Dalton, con licencia para matar; y, las famosas Witches of Eastwick, espantadas por un demoníaco Jack Nicholson.
Hubo dos más con Isabelle Adjani, una simpática, Subway, de Luc Besson y otra totalmente fallida, Ishtar, donde la actriz se encuentra completamente perdida y opacada entre los divos Warren Beatty y Dustin Hoffman, un desperdicio de talento realmente espectacular. Pasó también un clásico, que no había alcanzado a ver hasta entonces, Zabriskie Point, de Antonioni, todo un despliegue de música y colores psicodélicos, con un final que nos hace salir del cine todavía un poco atontados por todo lo visto.
Mi primer año fuera del Perú se fue acabando, pero todavía me quedó tiempo para ver las historias tejidas alrededor de la radio por Woody Allen en Radio Days; Kathleen Turner nos puso nerviosos y muy agitados en Body Heat; y, finalmente, Bertrand Tavernier nos ofreció una película llena de nostalgia y mucho swing, especial para los amantes del Jazz. En Round Midnight, el genial Dexter Gordon, en un papel calcado en su propia recorrido, da vida a un saxofonista de jazz de paso por París, donde encuentra a un gran admirador que lo protege y ayuda, todo un pretexto para disfrutar de su arte durante casi dos horas.
Había pasado con éxito la prueba de ver cine fuera de mi país. Me sentía muy cómodo en mi nueva función de espectador extranjero y más me valía, pues me esperaban por lo menos 6 años antes de regresar al Perú y tenía planeado ver todo el cine que me fuera posible, y eso pasó en los años siguientes, como veremos a continuación.
(*)Carlos Amézaga, escritor, abogado y diplomático peruano. Actualmente vive en Lima. Ganó el concurso de las 2000 palabras de la Revista Caretas, Lima - Perú. 2002/3