VERSIONES
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Director, editor e operador: Diego Martínez Lora
Texto: 1999 - 2000: Fin de siglo. Autor: Carlos Amézaga (Perú)
Data: 24 - 06 - 2009
Carlos Amézaga(*)
1999- 2000: Fin de Siglo
A mediados de 1998 acabé mi ciclo en Viena y me fui atrabajar a Belgrado, la capital de Yugoslavia, hoy Serbia, cuando todavía tenía como partes integrantes de su territorio a Montenegro y a Kosovo. Sin embargo, esta última provincia sería el motivo desencadenante de un conflicto armado entre las fuerzas Serbias y la OTAN, el cual tuvimos que sufrir quienes nos encontrábamos allí. Por suerte, yo estaba solo ya que Mily se quedó en Viena con nuestro hijo Adriano, de 4 años de edad.
El panorama en Belgrado fue ciertamente difícil, pero lo más triste fue que prácticamente no había cines. Es decir, había algunos teatros que pasaban películas, pero eran salas muy viejas, oscuras y con proyecciones que dejaban mucho que desear, salvo quizás dos o tres de ellas, donde de vez en cuando podía verse alguna película de calidad. Como tenía a la familia en Austria viajaba para allá cada dos fines de semana y entonces podía disfrutar de algo del cine que no alcanzaba a ver en la ciudad donde residía. Es por eso que pudo mantenerme al día con lo que venía ocurriendo en el séptimo arte, mientras los misiles de la OTAN pasaban encima de mi cabeza…
Acabada la guerra, luego de algunos meses, cambié nuevamente de destino y me tocó ir a trabajar a Praga, capital de la República Checa, donde el panorama cinematográfico fue de menos a más, pues, coincidiendo felizmente con mi llegada a finales de 1999, empezaron a inaugurarse los primeros multicines, muy modernos y con las películas de moda de aquellos años.
1999 ( 39 películas)
En su segundo largometraje, Abre los Ojos, Alejandro Amenábar volvió a demostrar el talento que ya había insinuado en Tesis, su primer film como director. Un joven rico, guapo y mujeriego sufre un terrible accidente y queda completamente desfigurado, al punto que tiene que usar una máscara para cubrir su rostro. Desesperado por no poder estar con la mujer que ama, decide aceptar una propuesta de tratamiento que lo llevará a una extraña firma donde los sueños se convierten en realidad, pero a veces esa realidad puede ser mucho peor. La historia es una mezcla de romance con suspenso, ciencia ficción y mucha angustia, sobre todo eso, mucha angustia. Esta película sería materia de un remake años después en Hollywood (Vainilla Sky) con la misma actriz, Penélope Cruz, y con Tom Cruise en el rol estelar.
También se puede decir que hay una cierta incomodidad en The Matrix, de los hermanos Wachowsky, pues el mundo en que el protagonista cree desenvolverse, resulta que no es el mundo real y tendrá que enfrentarse a unas máquinas en forma de hombre para liberar a la humanidad sojuzgada bajo el poder de aquellas. La historia resulta un poco difícil de seguir, pero el clima en el cual se desarrolla y sus efectos especiales hacen de este film casi una obra de arte en el plano visual.
Cuando uno ha oído hablar tanto de algún personaje histórico, un gran escritor, por ejemplo, se hace difícil imaginarlo en circunstancias normales, como las de un hombre cualquiera. Un poco eso ocurre con Shakespeare in Love, de John Madden, donde la figura del padre de la lengua inglesa es presentada en medio de una historia de amor y en tono de comedia, además. Se nos hace complicado asociar la imagen del actor que lo encarna, Joseph Fiennes, con el autor de frase tan celebres, y profundas, como el famoso to be or not to be. Pero la película funciona muy bien, como lo fue en su momento el Mozart de Amadeus.
Hay temas que parece nunca se agotarán y seguirán siendo tratados de una u otra forma, Uno de ellos es el de la segunda guerra mundial, y, más precisamente, la campaña del Pacífico entre norteamericanos y japoneses. En The Thin Red Line (La Delgada Línea Roja), de Terrence Malick, nos encontramos en una isla japonesa que debe ser tomada por un grupo de soldados y sus oficiales. El film nos presenta el punto de vista de algunos de los combatientes para quienes la guerra significa cosas muy distintas.
También pudimos disfrutar de The Barber of Siberia de Nikita Mikhalkov, una bella historia de amor y aventuras en las lejanas tierras blancas de Siberia; y, de Meet Joe Black, de Martin Brest, una fábula de nuestros tiempos, en la que la muerte, encarnada por Brad Pitt, viene a la tierra buscar a un hombre pero termina enamorándose de la hija de éste. Al final, la muerte empieza a amar la vida pero el destino es siempre inexorable y nada lo puede hacer cambiar.
Pedro Almodóvar volvió a hacer de las suyas con Todo sobre mi Madre, un melodrama siempre al límite de lo burlesco, pues no todos pueden encontrarse un día con el padre, que pensaban había desaparecido, convertido en un travesti. El director manchego, sin embargo, hace creíble este intenso drama sin, por lo tanto, dejar esa impronta de humor que recorre toda su filmografía.
Dos leyendas: Muhammad Alí o Cassius Clay en When we were Kings, un documental que recrea los momento estelares de este gran boxeador, ídolo de multitudes y gloria del deporte de los puños; y, Hitchkock con Suspicion, donde el suspenso y la intriga se juntan con escenas de verdadera tensión. Pocas escenas en la historia del cine pueden compararse a aquella donde la pareja va en auto por una carretera muy escarpada y ella piensa que él quiere matarla arrojándola del coche hacia el precipicio. El final feliz no llega a compensar las emociones sufridas a lo largo de la película.
Finalmente, el año nos trajo una más de la saga de la Guerra de las Galaxias, The Phantom Menace (La Amenaza Fantasma), de George Lucas, en realidad el primer episodio de la serie y para muchos, quizás, la mejor de todas. Difícil de olvidar la escena de la carrera, en la que un jovencísimo Skywalker demuestra que desde niño ya era una gran piloto. Pierce Brosnan y Sophie Marceau unieron talentos y aposturas en World is not enough (El Mundo nunca es suficiente), una más de la serie del 007, es decir, una más y casi nada más, con el perdón de Sophie Marceau.
2000 (25 películas)
Algunas películas nos dejan una sensación extraña, difícil de explicar, como que no encajan en ningún género antes conocido. Así me pasó con Being John Malkovich, de Spike Jonze. ¿Resulta acaso posible meterse durante 15 minutos dentro de la cabeza de alguien y encima ganar dinero con ello? Bueno, en el film resulta posible, por eso es tan extraño y el humor, a veces bastante negro, que resulta de ello crea esa atmósfera un poco extravagante a la cual el propio Malkovich aporta un acento particular.
Tal como ocurre en la anterior, aunque desde un registro muy distinto, The Sixth Sense (El Sexto Sentido), de M. Night Shyamalan, también recurre a la fantasía para contarnos la historia del niño que es capaz de ver a ciertos muertos que no saben cual es su situación. El psicólogo que lo trata, interpretado por Bruce Willis, irá poco a poco descubriendo que lo que el niño ve es realmente lo que él dice. Los espectadores terminamos tan sorprendidos como el psicólogo y esa es la clave de la película que maneja muy bien el suspenso hasta el final.
Fight Club, de David Fincher, puso frente a frente a Edward Norton y Brad Pitt, dos buenos actores de distintos estilos, que convencen en sus papeles, en medio de una historia bastante truculenta: un club donde la gente va a desintoxicarse de la vida diaria peleando cuerpo a cuerpo y dejando correr bastante sangre. Hay como siempre (cherchez la femme) una mujer detrás de todo esto y ayudará a la destrucción de los protagonistas.
Hay personajes que pese a su evidente maldad seducen a la audiencia. Es el caso del personaje creado por Patricia Highsmith en The Talented Mr. Ripley (El Talentoso señor Ripley), de Anthony Minghella, donde se narran las venturas y desventuras de este carismático impostor, en una alocada Italia de posguerra, quien termina matando a todos aquellos con los cuales pudo ser de alguna manera feliz. También podemos hablar de seducción en American Beauty (Belleza Americana), de Sam Mendes, en la que un hombre de mediana edad (Kevin Spacey), casado, propietario de una hermosa casa, típico representante del american way of life, cae rendidamente enamorado de una adolescente, compañera de colegio de su hija. Esta situación, sumada a las infidelidades de su esposa y la rebeldía de su vástaga, hace que la vida de este sujeto cambie radicalmente y termine de una manera inesperada.
Hay diferentes formas de pelear y a veces se logra vencer, o caer, con honor. El primer caso es el del protagonista de Gladiador, de Ridley Scott, un antiguo general romano que es esclavizado y termina por volver a Roma convertido en un poderoso gladiador, donde deberá librar la última batalla por su vida y por la suerte del imperio. En The Perfect Storm (La Tormenta Perfecta), es la tripulación de un barco pesquero la que deberá pelear contra los elementos desencadenados en una tempestad para salvar su pesca y llegar de vuelta a casa. Su lucha tendrá un final dramático que los convierte en héroes de su pueblo, al que nunca pudieron regresar.
Una película que me dejó un poco desubicado fue Magnolia, de Paul Thomas Anderson. Casi no se puede describir esta larga sucesión de historias, todas ellas entreveradas unas con otras. Para algunos el film fue considerado una obra maestra, para mí, resultó en parte incomprensible, pese a que se apreciaron muy buenas actuaciones, entre ellas la de un sorpresivo Tom Cruise, lejos de sus tradicionales papeles de héroe de acción.
Quedaron dos más para el final. Play it to the Bone (Jugando a Tope), de Rob Shelton, protagonizada por Antonio Banderas en el papel de un boxeador, quien junto con un colega y amigo deberán pelear en las Vegas invitados a último momento. El film nos muestra unas magníficas escenas de boxeo, bastante realistas, donde se dejan ver algunas de las estrellas más conocidas de Hollywood como espectadores. El resto es una comedia que transcurre en el viaje en automóvil hacia Las Vegas en la que las actuaciones no llegan a lucir tanto como encima del ring.
La otra fue, por supuesto, el correspondiente Woody Allen del año, esta vez Small Time Crooks, donde el personaje de siempre alquila un local para vender galletas hechas por su esposa, pero con el verdadero propósito de excavar un túnel hacia la bóveda del banco vecino al inmueble. Inesperadamente, las galletas se convierten en un éxito entere los vecinos y casi empiezan a volverse ricos sin necesidad de atacar el banco. El problema, sin embargo, son los cómplices que había contratado para hacer el túnel, quines desean seguir adelante con el plan. Que divertidas son las historias de Woody Allen, sobretodo cuando él mismo las protagoniza.
El siglo se acababa y el mundo entero esperaba con ansias uno nuevo, en el que se esperaba pudieran eliminarse algunos de los males que hicieron del siglo XX uno de los más devastadores de la historia. Los primero años nos demostrarían que no necesariamente sería así. Pero, que le vamos a hacer, el cine si continuó, con otras características, más lleno de efectos, más espectacular, más estridente, pero cine al fin y así lo veremos en los próximos capítulos.
(*)Carlos Amézaga, escritor, abogado y diplomático peruano. Actualmente vive en
Buenos Aires. Ganó el concurso de las 2000 palabras de la Revista Caretas, Lima - Perú. 2002/3.
Publicó
Ventanas Opuestas y otras
ficciones verdaderas, Lima Editorial San Marcos, 2007.