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Director, editor e operador: Diego Martínez Lora
Texto: 2001 - 2005: Nuevo siglo. Autor: Carlos Amézaga (Perú)
Data: 29 - 10 - 2009
Carlos Amézaga(*)
2001- 2005: Nuevo Siglo
2001-2005: Nuevo Siglo
El inicio del siglo XXI me encontró en Europa. Seguía en Praga, ciudad que avanzaba hacia la modernidad de manera acelerada y donde se podía encontrar entonces lo último de la cinematografía mundial, sumado a lo que la propia República Checa podía brindar, pues su cine siempre fue un referente importante en la Europa Central. El año 2003 volví a Lima.
Ese primer año del siglo fue marcado por el derrumbe de las torres gemelas de Nueva York, el famoso 11 de septiembre, ocasionado por el terrorismo internacional. Todos seguramente recordamos dónde estábamos o qué hacíamos cuando nos enteramos de la noticia. Por suerte, no estaba en el cine.
Durante el presente siglo se siguieron profundizando los cambios que ya asomaban al final del anterior. El gran cine de los estudios norteamericanos se muestra pleno de fantasías, aventuras y cada vez más increíbles historias y personajes, destinados, en su mayor parte, a toda clase de públicos y con la idea fija de obtener pingües ganancias con ellos. Los costos de las producciones son inmensos, no existe película con pretensiones que tenga un presupuesto menor a los 100 millones de dólares y así en adelante.
Los resultados por cierto han sido disparejos. Si bien hay que reconocer que ciertas superproducciones son realmente de calidad por sus imágenes guión, argumentos y personajes, la gran mayoría no pasan de ser una sucesión de imaginería fantástica, creada en escenarios computarizados, dedicados únicamente a divertir al espectador, a hacerle pasar el rato, mientras disfruta de su popcorn y su gaseosa light.
Esta variación en el producto cinematográfico se refleja también en el cambio, ya mencionado anteriormente, de las salas de proyección, hoy presentes en verdaderos complejos de salas oscuras, donde uno no va necesariamente a buscar una película en especial, sino a escoger en el lugar algo que ver, dado que la oferta se da en multicines que presentan entre al menos 4 ó 30 películas, según el caso. Los viejos cines de una sola película en funciones de matinée, vermouth y noche de mis viejos tiempos ya prácticamente han desaparecido del mapa.
Este último fenómeno significa que ya no existen marcadas diferencias entre los países para poder ver un determinado film. Da lo mismo verlo en New York, Praga, Bruselas, Buenos Aires, Bangkok o Lima, pues las salas serán muy similares, los asientos también, el sonido será de todas maneras espectacular y se venderán las mismas golosinas a la entrada, quizás el precio del billete pueda variar según el lugar.
En estos primeros años del siglo XXI empecé a ir al cine con mi hijo Adriano, lo que me obligó a dejar de lado muchas películas que hubiera deseado, por acompañarlo a ver producciones de corte infantil, que no por ello dejan de ser muchas de ellas, por supuesto, magníficas propuestas del séptimo arte. Mientras fue creciendo pudimos acceder a algunas otras y hubo suerte, pues la fantasía infantil se vio muy bien servida con las producciones dirigidas al público joven que empezaron a desarrollarse con todo éxito desde el principio del siglo.
2001- 2005 (166 películas)
Quizás una de las mayores características de este inicio de siglo fue la sucesión de películas con varios episodios. La que más me gustó a mí, sin ninguna duda, fue la saga del Lord of the Rings (El Señor de los Anillos), de Peter Jackson. Tuve la suerte de leer previamente con Adriano los tres libros, además del Hobbit, que da inicio a la historia de la Tierra Media. Tan solo la lectura nos daba ya la sensación de entrar en un mundo nuevo, cargado de sensaciones, con personajes inolvidables con sentimientos muy humanos, pese a que los personajes no lo sean del todo. Parecía muy difícil entonces que una historia tan poderosa pudiera ser llevada al cine con éxito, de hecho, ya había habido algunos ensayos anteriores que no habían pasado de ser meras anécdotas en el devenir del séptimo arte. Peter Jackson, sin embargo, lo logró y con creces.
El Señor de los Anillos, en sus tres partes, demostró que la magia del cine existe porque existen personas capaces de seguir llevándonos esa ilusión, que el niño que todos llevamos dentro se despierta cuando le ofrecen una aventura bien narrada y con figuras convincentes. Más allá del costo fabuloso de la obra y de los óscares obtenidos, queda la sensación de que se creó un clásico del cine, difícil de ser olvidado o pasado por alto.
Obligado por las circunstancias de mi paternidad, pero llevado igualmente por mi propio espíritu, fui un tenaz seguidor de las películas de Harry Potter, cuyos libros había devorado con mi hijo. Esta es también una feliz conjunción, con algunos altibajos, entre la buena literatura de aventuras y el cine de acción contemporáneo. Es difícil ahora, cuando ya la serie de libros terminó, poder imaginar al joven mago y sus amigos con caras distintas a las de los jóvenes actores que los han encarnado en la gran pantalla.
Los personajes, los juegos, el mundo maléfico de Voldemort y compañía forman parte ya de un imaginario colectivo, que ha dejado marcada a una generación de lectores y cinemeros aun imberbes, gozosos depositarios de una saga que es parte ya de la leyenda del celuloide y que será recordada por mucho tiempo.
Cuando se junta el espíritu impetuoso de Tarantino con una buena historia, generalmente salida de su propia inspiración, los resultados no pueden ser sino fascinantes. Kill Bill I y su secuela Kill Bill II, son ejemplos de ello. Hay una cámara que está siempre pendiente de Uma Thurman, como si fueran los ojos de un amante despechado, la sigue por donde va y no se desprende de ella; alrededor suyo los demás personajes son sólo comparsas que van cayendo una a una hasta llegar al propio Bill, luego de dos películas completas. Los colores, las coreografías de las luchas con sables y espadas -calcadas del mejor cine oriental- la música, el vestuario, es decir, todo el aparato visual y auditivo de los filmes, contribuye al clima especial de tensión que se respira en ambas entregas y que termina embriagando al espectador. Para el recuerdo: aquella escena de dos mujeres, una de blanco y la otra de amarillo, peleando con sus respectivos sables en medio de la nieve, que termina teñida de rojo al final.
Otro tándem interesante fue el de The Matrix Reloaded y The Matrix Revolution, de los hermanos Wachowsky. Ya la primera película de la seria nos había dejado impresionados por esa mezcla de ciencia ficción y aventura cerebral; estas dos siguieron más o menos en esa misma línea. El problema es que la trama es bastante densa, un poco difícil de seguir y de digerir por el espectador, el cual se ve atrapado por la sucesión de escenas y acontecimientos y se queda sin espacio para pensar un poco más en lo que realmente está pasando. Esta situación se acentúa a lo largo de la saga y al final quedan muy pocas certezas, si es que en realidad nos queda alguna.
Mucho más sencillas de entender y de apreciar fueron The Bourne Identity y The Bourne Supremacy, de Doug Liman y Paul Grengrass, respectivamente, donde el personaje encarnado por Matt Damon, cuyo verdadero nombre desconocemos hasta el final de la serie, se nos presenta como absolutamente creíble pese a las rocambolescas aventuras en las que se ve envuelto para encontrar su verdadera identidad y para vengarse de aquellos que alguna vez le hicieron daño. Es raro encontrar ese tipo de profundidad en personajes cuyo principal atributo es la violencia, pero Jason Bourne logra emocionarnos con la búsqueda de sus raíces y de la verdad que lo ha llevado al estado desesperado en el que se encuentra.
Dos directores mejicanos, ya afincados en Hollywood, despegaron definitivamente en estos primeros años del siglo. Amores Perros, de Alejandro González Iñárritu, juega con el título que evoca a algunos perros, personajes de la película, y a los amores contrariados que también forman parte de las tres historias entrelazadas que forman parte del filme. Desde las salvajes peleas de perros en un barrio sórdido de México, hasta el sofisticado mundo de las modelos de pasarela, se confunden en una trama intrincada que conmueve, confunde y, por ratos, estremece al espectador. Ese mismo director nos trajo 21 Gramos. Nuevamente, tres historias, esta vez ambientadas en los Estados Unidos, que se cruzan trágicamente a través de un accidente de automóvil, el cual transforma las vidas de tres personajes cuyos oscuros pasados vuelven a salir a flote.
Más cerca al registro de Amores Perros tuvimos a Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón, donde, bajo la apariencia de una “road movie”, se esconde un drama en el que se ven envueltos los principales personajes, dos adolescentes y una joven señora mayor que ellos, quien los acompaña en un viaje en automóvil hacia una inexistente playa de ensueño. El camino los hará conocerse mejor y descubrirán algunas facetas personales hasta ese momento impensadas. Para los admiradores de Maribel Verdú, esta película los dejará inmensamente satisfechos.
El cine europeo también estuvo presente, por supuesto, en escasa medida en relación al cine comercial que es el mayoritario. Debo destacar algunas películas como Le Fabuleaux Destin de Amelie Poulain, de Jean-Pierre Jeunet, ganadora de numerosos premios internacionales, donde se luce la protagonista, una chica capaz de hacer llegar la felicidad a aquellos desfavorecidos que se le cruzan en el camino. 8 Mujeres (8 Femmes), de Francois Ozon, nos trajo la versión cinematográfica de una obra teatral en la que 8 mujeres se encuentran encerradas en una casa y deben descubrir al autor de un crimen. Grandes actrices se mezclan en esta mitad comedia - mitad drama con algunos momentos de música y baile.
Amélie Nothomb es una excéntrica escritora belga que entrega una novela por año. Una de ellas, Stupeur and Tremblements, fue llevada a la pantalla dirigida por Alain Corneau. Una joven belga regresa a Japón, donde vivió su niñez, e ingresa a trabajar en una gran empresa. Allí sufrirá las enormes diferencias culturales que dividen a los occidentales y a los asiáticos en el sistema de trabajo.
La Pianiste y The Pianist, dos películas relacionadas con un instrumento musical, pero muy diferentes la una de la otra. En la primera, dirigida por el austriaco Michael Haneke, una mujer de mediana edad se enamora de su alumno de piano y establece con él una relación de corte sado-masoquista. En la segunda, ambientada en la segunda guerra mundial y dirigida por Roman Polansky, un pianista judío-polaco, logra salvarse del exterminio gracias a su maestría con el instrumento. Ambas tienen un detalle en común, las excelentes actuaciones de los protagonistas: Isabelle Huppert y Adrien Brody, respectivamente.
Finalmente, Der Untergang (La Caída), de Oliver Hirschbiegel, nos trajo los últimos días de Adolph Hitler, encerrado en su bunker, asistiendo desesperado a la destrucción de su imperio, hasta que no encuentra otra solución que su propia desaparición física antes de caer en manos del enemigo. Genial Bruno Ganz en el papel del Führer.
Un capítulo especial del cine europeo lo constituye el de España. Para destacar, como siempre, Almodóvar con Hable con Ella y La Mala Educación. Me gustaron ambas, pero, sobre todo, la primera, en la que dos hombres se hacen amigos en un hospital velando a dos mujeres en coma; la aparición de Caetano Veloso cantando “Cucurucucú Paloma” hace al film incluso más disfrutable. En la segunda, se presenta un retrato de la España más sombría de la época del franquismo; una escuela donde los curas aprovechan la cercanía con los chicos para desfogar secretos instintos, dos de esos jóvenes quedarán marcados para siempre. Alejandro Amenábar, el otro gran realizador ibérico, nos trajo Mar Adentro, la vida de aquel hombre condenado a mover solamente su cabeza y que decide irse de este mundo con ayuda de sus seres queridos. Nos quedan una enorme reflexión sobre la vida y la muerte y una excepcional actuación de Javier Bardem.
El cine peruano destacó con dos buenas películas: Tinta Roja, de Francisco J. Lombardi, basada en la novela homónima del escritor chileno Alberto Fuguet y Días de Santiago, del debutante Josué Méndez. En la primera, asistimos a una extrema caracterización del periodismo amarillo, a través de la vida de un redactor de policiales que hará de todo para lograr la portada de su pasquín, al final recibirá un poco de su propia medicina. La segunda, es el drama de un ex – combatiente que no encuentra como insertarse en la sociedad luego de ser licenciado del ejército.
Los grandes directores americanos, quiero decir, los que más me gustan, también tuvieron lo suyo. Woody Allen presentó The Curse of Jade Scorpion, una comedia bastante dulzona, Melinda and Melinda, dos destinos distintos para un mismo personaje en la misma historia, Anything Else, una comedia de las antiguas, y Match Point, un verdadero encuentro de personalidades entre Scarlett Johansson y Johnattan Rhys Meyers, con final feliz, sólo para algunos. Por su parte, Clint Eastwood ganó un nuevo Oscar con Mystic River y Million Dólar Baby nos llevó al mundo del boxeo femenino siempre con esa sabia dirección y enorme sentimiento que le sabe poner el director.
Siempre hay un espacio para las películas del ayer, aquellas que no se vieron en su oportunidad, pero que forman parte de la historia del cine. El famoso Mago de Oz (Wizard of Oz), de Victor Fleming, con la inolvidable Judy Garland me impresionó como si la hubiera visto en su estreno; la frescura de la voz de Garland, la belleza de las canciones, el candor de la historia y sus personajes y ese color mate antiguo que la impregna, permiten que la ilusión siga vibrando a lo largo del tiempo. Hitchcock no podía faltar con La Sombra de una Duda (Shadow of a Doubt), donde el idolatrado tío de una joven vuelve al pueblo y ella empieza a sospechar que puede ser el asesino de unas viejas damas que la policía anda buscando por todas partes. Tensión, suspenso, angustia, emoción, todo ello junto, como siempre, en una sola película. Stanley Kubrick realizó también comedias, quizás la mejor de ellas fue Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb. Una parodia de la guerra fría en la que rusos y norteamericanos intentan detener a un general loco que ha enviado a sus bombarderos para lanzar la Bomba H sobre la URSS. Magistral Peter Sellers en un triple rol consagratorio.
Hubo más películas que no puedo dejar de mencionar como Lost in Translation, de Sofia Coppola, en la que un actor desorientado en Tokyo encuentra compañía en una joven abandonada por su marido en un hotel; me quedaron unos deseos muy intensos de visitar esa gran ciudad algún día. Harrison´s Flowers, de Elie Chouraqui, me hizo acordar mi paso por la Yugoslavia de la época de la guerra de Kosovo. Memento, de Christopher Nolan, crea una atmósfera opresiva durante todo el film, en el que un hombre pierde la memoria inmediata y tiene que anotar todo lo que hace para poder seguir con su vida y encontrar al asesino de su mujer. También tuvo que ver con trastornos mentales A Beautiful Mind, de Ron Howard, la historia de un premio nobel de economía, John Nash, que sufría de esquizofrenia. Me sorprendió una escena en que los profesores de la universidad de Princeton le entregan sus plumas a Nash como en una ceremonia; resulta que es pura ficción y ese tipo de ceremonias no existen.
Algunas más. The Others (Los Otros), de Alejandro Amenábar, en la que solo al final sabemos quiénes son en realidad “los otros”, luego de haber pasado por varios momentos espeluznantes, gracias al fino trabajo del director. Sin City (Ciudad del Pecado), de Frank Miller y Robert Rodríguez, un cómic convertido en película con actores reales, bastante más logrado de lo que fue Dick Tracy. Cuatro historias muy negras entre policías, matones y meretrices, en el marco de una ciudad arrasada por el pecado. Almost famous, de Cameron Crowe, nos trajo a un joven periodista que empieza a conocer su oficio, y la vida, a través de la gira de un grupo de rock en los Estados Unidos. Diversión y muy buen rock.
Nadie como los norteamericanos para juzgarse y condenarse a sí mismos. Bowling for Columbine, del provocador Michael Moore, es un revelador documental sobre la pasión por las armas que existe en Norteamérica. Quedan muy mal parados George W. Bush y el gran actor Charlton Heston, quien resulta realmente patético en su rol de presidente de la Asociación del Rifle. Traffic, de Steven Soderbergh, es también un reflejo de la sociedad de ese mismo país en lo que se refiere a la lucha contra el narcotráfico, pero también sobre los estragos que la droga causa en la juventud y hasta en las propias autoridades encargadas de combatirlo.
Así se fueron los primeros 35 años de esta vida cinemera y quedan algunas películas más para completar los 40. Eso lo veremos en la última entrega.
(*)Carlos Amézaga, escritor, abogado y diplomático peruano. Actualmente vive en
Buenos Aires. Ganó el concurso de las 2000 palabras de la Revista Caretas, Lima - Perú. 2002/3.
Publicó
Ventanas Opuestas y otras
ficciones verdaderas, Lima Editorial San Marcos, 2007.