VERSIONES (renovada)

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Director, editor y operador: Diego Martínez Lora

Autor del Texto: Diego Martínez Lora  - Título: Asesinato repetido
Fecha: 01 - 01 - 2007


Diego Martínez Lora:
Asesinato permitido


Gracia lo sabía muy bien. Su instinto por sobrevivir había sido muy fuerte. Aprendió de memoria las propiedades de cada alimento. Lo calculó todo a la perfección. Lo fue implementando lentamente. Su estrategia fue la que nadie podía sospechar. Tuvo una paciencia gigantesca, pero lo logró.

Allí está, libre de lo que la ponía tan mal, feliz de poder respirar aliviada en medio de su propia casa.

Que se equivocó de hombre para casarse, de eso no tenía ninguna duda, pero lo más terrible ya había pasado.

Gracias, amigas nutricionistas, ustedes con sus conocimientos hicieron posible que yo me liberase de mi horroroso esposo, pensaba. Allí estaba echada piernas arriba en su cama matrimonial con una bonita copa de cristal llena de cerveza helada a desbordar por la espuma.

Le dio kilos de kilos de tocino a Alfonso, su marido, como también hamburguesas fritas medio quemadas con mucho aceite animal. Tantas salchichas sumamente condimentadas y llena de aditivos. Le servía infinitas tazas de café concentrado en exceso y bastante azucarado en una bandeja con innumerables pasteles con harta crema a base de yemas de huevo.

Entre tanta paliza que recibió por razones que nunca pudo entender, Gracia se esforzaba por elevarle los niveles de colesterol y de triglicéridos. Desde su reducto que era la cocina comenzó a construir su laboratorio de exterminio marital y aprendiendo a cocinar mejor para poder satisfacer a su monstruoso esposo que no sólo le sacaba la vuelta con tantas otras mujeres, sino que no le daba ninguna libertad. Estaba condenada de por vida porque a pesar de sus infinitas humillaciones y de sus maltratos físicos y sicológicos Gracia resistió estar junto a Alfonso porque simplemente no tenía ningún otro sitio, ni los medios económicos para huir. No podía matarlo con la pistola que él guardaba cargada en el cajón de su mesita de noche, ni tampoco con arsénico, ni menos con el filudo cuchillo de cocina que él mismo le había regalado para cortarle los filetes de ternera. No podía asesinarlo por ningún método en que la que saldría perdiendo fuera ella. Lo que menos quería era ir a la cárcel aunque fuera por una causa justa y ejemplar para todas las otras mujeres maltratadas del mundo.

Sabía que la comida también mataba y se entusiasmó con esa idea, no para suicidarse y verse libre de todo, sino para matar a su marido sin dejar ninguna prueba, ni ser considerada culpable de asesinato. Tenía terror a la cárcel y a la policía. Era imprescindible obtener conocimientos de algún método más sutil para acabar con una persona sin dejar ningún rastro.

Quemaba la carne a propósito y la aderezaba bien para que no se sintiera el sabor a quemado, sabía que la carne quemada era extremamente tóxica. Salaba todo hasta el límite para que su marido no dijera que estaba salada y así le pudiera subir la tensión con rapidez. Le preparaba unos dulces fritos y refritos con muchos huevos y margarina.

A pesar de toda esa culinaria deliciosa con la que deleitaba a su marido igual él le pegaba después de hacerle a la fuerza el amor con la esperanza de poder hacerle un hijo, lo que para suerte de ella, nunca ocurrió.

Gracia le daba de beber grandes vasos con ron de baja calidad. Se encargaba de que nunca le faltasen sus cigarrillos sin filtro.

Le daba en cada desayuno tres huevos con chorizo y en los lonches le ponía junto al televisor chocolates rellenos con licor. En el almuerzo le ofrecía entradas de grasosas empanadas y papas fritas sumergidas en mayonesa. Lo tenía más gordo y colorado que nunca y cada vez que se hablaba del tema de la salud  Gracia se le acercaba tanto que el marido sólo atinaba a levantarle el vestido y a descargarle sus gordos espermatozoides como si fuera una inyección letal. Pero ella sabía lo que hacía. Se podía decir que se había vuelto una especialista meticulosamente dedicada a cumplir su objetivo principal en la vida: librarse de su pesadilla llamada Alfonso.

Cuando vio las primeras consecuencias de la dieta que le estaba dando a su marido, Gracia aumentó no la cantidad de comida que le daba, sino la toxicidad de sus ingredientes.

En un mes más Alfonso sufrió el primer infarto y el único, porque no fue necesario otro. En su agonía le pedía perdón a su mujer por haberla tratado tan mal a pesar de que ella según sus costumbres le había dado de comer tan bien.

Alfonso murió como muchos otros mueren sin saber que son asesinados por sus propias mujeres o por ellos mismos con la elección de sus alimentos. Fue enterrado en una breve ceremonia en la que Gracia, su fiel esposa, lloraba tanto, cubierta de negro, pero de alegría. Y así pasaron algunos días…

 

Gracia ahora bebe su cerveza y le sabe tan bien. Prende la radio y escucha una voz varonil. Se  pone a imaginar al tipo de hombre que pueda tener esa voz tan atractiva. Se ríe porque tal vez podría ser la de un enano feo. Lo que menos piensa es en casarse nuevamente. Su luto, su riguroso luto, no se lo permitiría por ahora. Ella sueña con algún día poder tener su príncipe azul, aunque sea calvo y miope, lo que quiere es una persona buena. Y le encantaría darle de comer, ensaladas, frutas, agua, poca carne, pocos dulces y sobre todo mucho amor.


(*)Diego Martínez Lora, vive actualmente en Portugal.


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