VERSIONES
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Director, editor e operador: Diego Martínez Lora
Texto: Dos poemas para Arlene Autor:
Eduardo Gargurevich (Perú)
Data: 23
- 12 - 2007
Eduardo Gargurevich(*)
Dos poemas para Arlene
A Arlene Pelayo
PRIMERA MUDANZA
De pronto se enciende la luz y empieza
la escalera. Alguien coge mi mano.
Alguien me empuja sin razón ni desconsuelo.
Alguien pronuncia el nombre que me evita la descarga y avanza
por entre las ruinas desde donde surge el alquiler, las cómodas
contra la pared, la misma habitación que en pocas horas
pasa de sala con mesa de centro a dormitorio,
la última mudanza como una trampa que se imagina
apenas comenzadas las estaciones de otra primavera.
Todavía húmeda, amorfa, casi niña, la escalera carga
con sus peldaños al hombro, se empeña
en ir siempre más allá y en advertirnos la exactitud del paso.
Mis pies saben de su novedad y se levantan
como el hondo gato que ya engulle los rastros últimos del queso.
La escalera respira, de cabo a rabo,
hasta la fibra más ansiosa del equilibrista
y finalmente --pirámide del sacrificio,
reloj solar, vino escondido-- concluye en la explanada
donde arden libretas escolares a treinta y tres
revoluciones por minutos, cuando la palmada en el hombro
de un domingo se despereza y no sabe qué hacer con tanta vida.
Siempre es así. Siempre el atardecer interrogado.
Las vueltas que no hay cuando no hay vuelta que darle,
la epopeya del uno, la placidez a la izquierda, el dos que no se queja
y, despacito, calladamente, donde el quiebre es la voz: tres.
Otra vez la escalera. ¿Regresa? ¿Da la vuelta?
El niño respira la travesura y un espasmo
se hace de su sombra. La niña no calcula
la dimensión del salto aunque ya sabe
--se lo han dicho entre sueños las princesas--
que al otro lado de la puerta hay una calle.
El relleno es médula y pulso y extravío
en cuyos vaivenes quedó sellada la medida.
ECOS
Con un pie en un lado y con el otro
en otro, mi cuerpo
trata de encontrar el equilibrio de la estrella que estampa
la firma innumerable
del asombro y las premoniciones.
Hubo un día con plantas arrastradas,
con ramas que me golpeaban
las espaldas,
con ruegos y riesgos
y regadíos con canales al borde
de un puñado de abejas. Hubo un día
en el que la fotosíntesis se extendió hasta el final del semen
y las velas.
Las puertas se cerraban a las ocho y no volvían
a abrirse hasta que el gallo cantaba tres veces.
Luego vino ella y no la muerte, que todavía no
me visitaría por lunas cuyo número aun desconocía
--el abecedario, la tabla de multiplicar,
los diez mandamientos que entonces aprendí
por puro amor al prójimo y a pesar de las sotanas--
aunque de luna en luna, de sol
a sol, podía oler sus rastros
en cientos de puntos cardinales.
Ella debía quererme y lo juró apenas comenzada.
Ella debía nutrirme y en la cuchara encontré la miel más dulce.
Ella debía jurarme y aceptó mi nombre hueco.
Ella debía hacerse a un lado terminando
de limpiarse la sangre que se hacía
ya costra entre sus muslos.
Ella debía respetar el deber y lo debido
a las promesas, a las cinco de la tarde, a los taxistas.
Vino ella y la vida y acaso la sospecha
como un eclipse. Ella caminaba con el bulto en los brazos
cuando llegaba la hora de la especie. Sus ojos se abrían
ante el asombro de una edad donde la a
había dejado ya de sonreírle. Ella
sentía que la voz era su escudo y la botella
navegando entre las Siete Maravillas. Su voz
que además de su nombre propio presintió el mío,
el del otro, el de la sospecha y de la luz
perdida en la llegada, en el recodo, en el ombligo,
a la hora de la hora de la madre de la noche y de la abuela.
(*)EDUARDO
GARGUREVICH (Lima, 1959). Escritor peruano residente en los EEUU,
donde enseña cultura y literatura de América Latina.