Versiones
Director, editor e operador:
Diego Martínez Lora
Texto: Tupén
Grande-
Autor: Hugo Fujishima
Fecha: 11 - 03- 2010
Hugo Fujishima:
TUPÉN GRANDE
- Así me ha dicho ese chato que está allá, papá edúcame, edúcame, quiero salir de aquí. Volteé hacia donde me lo indicaban sus pequeños ojos.
- Ese chato, el primero que está sentado en la banca.
El muchacho tendría unos doce años, era bajito y menos rechoncho que el padre, se le veía bien con su pantalón jean, camisa y zapatillas nuevas. A su lado, tres muchachos más altos y delgados que el chato, pero mal vestidos y desaliñados miran sentados en la banca el DVD de un conjunto de cumbia que el dueño de la tienda ha puesto para la distracción de la gente. De fondo, el ruido del generador eléctrico acompaña el monótono ritmo de la canción que hace más marcado el tedio que reina en la sala: sólo yo soy lo único diferente en este día. En la banca situada en la pared de enfrente, un hombre durmiendo la borrachera la ocupa casi toda, en el extremo su mujer lo vela mientras le da de lactar a su pequeño bebé; en la mesa donde está colocado el televisor y aprovechando la única fuente de luz eléctrica de todo el pueblo, un niño hace su tarea forzando la vista, mientras los otros niños y niñas miran la tele; siete o seis hombres y mujeres bailan a un lado, los hombres con su bolsita plástica y las mujeres con unos bolsitos colgados del hombro de donde sacan puñados de hojitas que se meten a la boca y van compartiendo con el que no tiene su calero para el endulce. No muestran mayor alegría, solo bailan para matar el tiempo y aprovechar la música –que tampoco es gratis pues tuvieron que pagar 10 soles para una botellita de gasolina que arrancara el generador–, un hombre saca a bailar a una niña en pubertad, la cual acepta con naturalidad. Forman una especie de ronda y, toc toc toc, siguen boleando y boleando su coquita. Otros hombres y mujeres deambulan entre los grupos con sus bolsistas de coca, entran y salen de la habitación. Afuera, en la oscuridad que ya cayó sobre el pueblo, niños, niñas, jóvenes y adultos se asoman por instantes a ver a los diversos personajes que estamos dentro de la sala. Tiro la espuma de la chela en el piso de tierra y veo una gran cantidad de chapas de cerveza, restos de hojas y escupitajos por todos lados. Levanto la mirada buscando al arriero que momentos antes me acompañaba pero no lo veo, ya quiero salir de ahí pero no tengo adonde ir así es que mejor me quedo con el presidente a proseguir mi enrevesada charla.
- El setenta por ciento de mis padres de familia son analfabetos, solo diez saben leer y escribir.
Me había contado la profesora de la escuela por la mañana, se le veía novata y desalentada ante el trabajo que se le exigía con los padres de familia. Mirando a esos hombres y mujeres pensaba que quizás serían más y que iba a ser bien difícil que estos que andaban por aquí pudieran ayudarla a implementar el proyecto escolar que queríamos hacer. Volví a concentrarme en el padre del chico que quería educarse y éste me contaba de su vida.
- Un tiempo era químico, ganaba bastante hasta que me chaparon y me fui preso; ahora con mi chacrita me defiendo y ya no quiero tener problemas, vendo mi hoja y listo, profe. Le digo que quiero pedir dos cervezas para corresponder su invitación y llama a su hijo con un silbido. Este se acerca y coge el billete que le alcanzo de mala gana, parece sorprendido de que yo también este pidiendo cerveza como el resto. Le alcanza el billete al bodeguero y regresa a su banca. Miro hacia la puerta pero no veo aparecer al arriero para que nos ayude a terminar de una vez las cervezas e irnos a descansar. Frente a mí tengo a un hombre blanco, de barba un poco crecida, alto y gordo de cabello largo entrecano y ojos claros que se ha acercado a saludarme a un llamado del presidente. Se arrodilla en el suelo para conversarme, no se le entiende casi, pues sus vocablos salen trabados por la torpeza del alcohol y el bolo. Insiste en saber si soy ingeniero. Huele fuerte a coca y alcohol y recuerdo haberlo visto desde temprano sentado cerca del terral donde jugaban fútbol los hombres y muchachos, el resto del pueblo espectaba porque era lo único que se podía hacer para matar el tiempo.
- No soy ingeniero, soy profesor, le digo, pero parece no entender e insiste en saber en qué obra estoy trabajando.
- Sí, soy ingeniero, he venido a construir aulas para el colegio.
- Ah, qué bueno, ingeniero, bienvenido.
- Gracias.
Mientras me habla, una insistente lluvia de saliva y partículas de hoja de coca llueven sobre mi pecho y cuello, me causa asco pero asumo mi parte y sin inmutarme prosigo intentando comprender lo que me dice el hombre. Algo me cuenta de quien es, su apellido y lo que posee. Tiene dos hijos en la escuela y por ser mayor, blanco y enorme parece tener bastante ascendiente sobre el resto de los presentes. Luego de un rato se aleja de mí invitándome un par de cervezas. Cuando sale del salón, siento como una señal de aprobación a mi presencia en el lugar y que las miradas de todos son más amables y sin recelos con el forastero. Toc toc toc, los presentes se ven más animados y el baile es más vivaz, el presidente llama a su sobrino y hablan despreocupadamente. Ya estoy aburrido de la cerveza y quiero ir a cenar. El sobrino es secretario de la APAFA y se muestra muy amable.
- Profesor, sírvase coquita.
Cuando salí de Membrillo hacia Tupén Grande me dijeron que aquí me iban a invitar bolo y yo estaba dispuesto a probar, alguna vez he mascado hoja y me agradó, pero en este momento no tenia nada de ganas. Sigo un rato así mirando a los demás y por momentos incorporado a la plática de ambos cuando me pasan el vaso.
- Salud, ingeniero.
- Salud, Alberto.
Me tomo el vaso en dos tiempos, a duras penas pues estoy embotado y aburrido. Una mano me coge el hombro, volteo y un niño me hace señas para que lo siga. Me despido y salgo hacia la oscuridad donde el arriero me está esperando.
- Se demoró mucho profe, se acaban de ir un par de flacas. Yo estaba que le hacía señas y Ud. no me veía.
- Ah, qué piña, le digo sin mucha pena.
- Vamos a comer profe, seguro que vuelven.
Nos dirigimos en medio de la oscuridad entre aquellas casas de barro y techos de calamina y palma, algunos árboles y arbustos, peñas, restos de casas que delimitan las calles del pueblo, hasta llegar a una pequeña casa donde nos espera la cena. En el trayecto me sacudo los restos de hoja de coca que me han salpicado durante la noche. Como un poco de arroz, toda la arveja guisada y un trozo de yuca. Me bebo el café aguado a grandes sorbos, no sentía mucha hambre. Salgo de la casita y su penumbra de vela, me siento en la banca de afuera a disfrutar de la noche y el silencio. Prendo un cigarro y lo consumo plácidamente mirando aquellas figuras espectrales de árboles, casas y seres humanos que tienen como fondo la sombra enorme de las montañas que cruza el río Marañón. Unas luciérnagas amenizan la oscuridad con sus zigzagueantes y mágicos vuelos luminosos. Toc toc toc, escucho no muy lejos de mí, pero no distingo a nadie y entonces presto mayor atención a los sonidos de ranas, cigarras, aves y el viento que flamea el follaje de los árboles. Todos estos sonidos sostenidos por el rumor grueso y constante del río Marañón abriéndose paso entre las montañas hacia la selva. Al rato reaparece el arriero:
- Ya se fueron las flacas, profe, nos ganaron.
Sonrió.
- Ya será para la próxima, Santiago.
- Claro profe, claro.
Seguimos un rato en silencio, escuchando la naturaleza y de cuando en cuando un toc toc toc que parece provenir de la naturaleza también.
- Vamos a dormir, profe, salimos a medianoche.
Atravesamos el pueblo, pasamos por la bodega ahora ya a oscuras, sólo se distinguen algunos grupos conversando en la sombra de las casitas, toc toc toc, por aquí, toc toc toc por allá. Caminamos por un sendero rodeado de vegetación, algunos árboles y muchas plantas de coca.
- ¿Todo el mundo coquea aquí, no?
- Sí, profe y también fuman la pasta.
Seguimos andando hasta llegar a una casa grande de material noble con un gran patio cementado donde veo a nuestra mula.
- Aquí pasaremos la noche, profe.
Nos prestan una cama en una habitación enorme donde distingo con la linterna aparejos de mular, herramientas, bidones, latas, cuerdas, ropa y otros bultos. Solo nos sacamos las botas para dormir, a los dos minutos de haberse echado escucho el roncar del arriero. Yo sigo despierto escuchando el ruido de las ratas al caminar entre las cosas. No les hago caso y pienso en las palabras del presidente de la APAFA:
- Aquí todos han sido esclavos, hasta hace unos años el dueño de todo, hombres, tierras, coca, era don Miguel, pero se murió y esto ahora es un anexo y recién están aprendiendo a vivir como hombres.
Me empiezo a dormir por fin cuando escucho en el patio el último toc, toc, toc de mi primera y única noche en Tupén Grande.
Hugo Fujishima, peruano. Escritor e investigador en Ciencias de la Educación. Actualmente trabaja en Amazonas.
VERSIONES - Página PrincipalEditorial 100 - Versiones Virtual – Diego Martínez Lora - 100 palavras