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Director, editor e operador:
Diego Martínez Lora
Texto: Taxi-
Autor: Hugo Fujishima
Fecha: 26 - 05- 2007
Hugo Fujishima:
TAXI
Pese a ya estar curtido en esto, el bocinazo del Nissan de al lado me sobresaltó. Miro a la policía que no tiene cuando dar pase y me desespero. Llevo en el asiento trasero a una mujer también bastante fastidiada. ¿Y esta burra? Cuándo piensa dejarnos pasar? ¿En qué está pensando? No deberían mandarlas a dirigir el tránsito. Yo le doy la razón. Un ómnibus se ha cruzado en toda la intersección y nadie le permite salir del embrollo en que se ha metido, todos quieren pasar primero y que el resto se joda. Parecen poseídos, locos, enfermos, asesinos, sólo preocupados por llegar a su destino. Para unos es aquí nomás, para otros es un poco más lejos; para mí es dejar cuanto antes a la mujer y coger otra carrera. Son las diez de la mañana, la gente ya está en pleno movimiento y no entiende de razones ni dolores ajenos. Siguen los bocinazos, humaredas y los ejércitos de ambulantes, mendigos y ladrones en todas las esquinas. Diez, quince taxis se pelean en una esquina por un tipo que seguramente sólo quiere cruzar la calzada. Los autos empiezan a moverse porque a la policía ya se le ocurrió darnos pase; pero no por mucho tiempo y nuevamente quedo detenido. Miro la aguja del combustible y me queda poco, muy poco. Pensando en eso, otro taxista, algún ingeniero o maestro, se aprovecha y mete su carro delante de mí, le toco el claxon con cólera, pero ya es inútil, ya fui. Conseguimos movernos unos metros más y diviso, por fin, a los obreros y las cintas amarillas culpables de la congestión. Son unos desatinados, seguro que en dos meses siguen sin terminar y con más huecos, señor, este país no tiene remedio, cuando pueda váyase. Adónde seño? Todo el mundo debe estar igual. Los obreros sin inmutarse acomodan sus herramientas, levantan un baldecito con agua, van de un lado a otro. Parecieran no darse cuenta que todos queremos aplastarlos, a ellos, a los policías, a todos. Llevo más de media hora con la mujer y sólo le cobre cinco soles, me pelé. El que está a mi lado se queda sin gasolina y metiéndole el carro a todo el mundo logro pasar. Jódanse. Unas cuadras más allá se baja la mujer. La despido con amabilidad y una vaga sonrisa pero ella me paga sin mirarme. Hasta nunca.
Luego de pasar por el grifo, peino unas calles sin mucha fe. Ni modo, mejor me voy a dormir un rato. Llego a un parque donde otros taxistas ya están aparcados. La suerte va de un lado a otro, como uno con su carrito, estos tipos salen también a pescar algo, algunos lo hacen mejor que otros. Uno limpia su auto, otro cuenta sus monedas, un gordo duerme despreocupadamente, un viejo revisa su motor, un chiquillo ha levantado una chica y ya se olvidó de la chamba. Saco un libro de la guantera, leo una página y me quedo dormido, hace años que nunca termino un libro. Después de dormitar un rato, pido prestado un periodicucho lleno de colorinches y me entretengo con calatas, peloteros y crímenes. Hacia las doce empiezan todos a moverse excepto el chiquillo de la chica que está besándola y paleteándola. Provecho muchacho.
Una pareja de ancianos me toca la ventana para que los lleve al hospital. Allí recojo a una señora que regresa a su casa a preparar el almuerzo, luego de cuidar a su hija recién operada. A la una, un tipo circunspecto, pero sin regatear me pide una carrera larga y mete un paquetón en la maletera. Le quiero conversar pero su sequedad me desanima. Entre por esta calle, voltee a la derecha, siga hasta el fondo, ahora a la derecha media cuadra, junto al portón. Un gordo cholón sale de inmediato y se dirige a la maletera, sacan el bulto y yo me alegro de alejarme de allí.
Son las tres y estoy demasiado lejos para almorzar en casa. Ubico un quiosco cerca, saco mi novelita de la guantera y almuerzo ahí. Me como el menú encomendándome a Dios, pero no es necesario, ya me acostumbré. Lo bajo con un café en jarro y un cigarro, mientras la señora del quiosco pelea con su hija para que haga la tarea. A las cuatro me pongo en marcha, tengo cuarenta soles en el bolsillo y a las siete puedo tener setenta, como para pagar a la dueña y llevarme veinte a mi casa. Unos tipos me toman una carrera hacia un lugar que no conozco bien, sin embargo acepto, quiero terminar cuanto antes. Conversan animadamente pero yo trato de estar al margen. Cuando quiero mirar al tipo que llevo al lado, el de atrás me ordena no voltear, no necesito hacerlo para saber que me están apuntando con un arma. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Sigue por ese camino. Y me dirigen hacia un descampado. No puede ser, no, estoy siendo asaltado. No, no… no es mi carro. No, no me maten, puedo decir luego de la impresión. Pórtate bien causita, no quiero escándalo, solo déjanos el carro y tu billete, me dice el gordo que subió adelante. Detengo el carro, lo dejo prendido, abro la puerta, tengo ganas de correr y eso es lo que hago, corro y corro por el arenal, voy desesperado hacia unas casuchas que veo a lo lejos. Oye, carajo, detente mierda. Escucho el rastrillar del arma, cierro los ojos y corro con el alma. Luego, el grito del otro choro. Ya déjalo, vamos a recoger al cholo. Sigo corriendo hasta llegar a las casuchas donde unas señoras y unos niños han estado mirando todo. Ya se fueron, ya se fueron, repiten. Desfalleciendo, volteo y veo como se roban el auto de la señora. No tengo nada, solo mucho miedo. Miro mis cuarenta soles e imagino como le diré a la señora que también me los robaron. Cabizbajo, bajo ese sol inclemente que se refleja en todo el arenal, mirando el bamboleo de mi sombra, empiezo a andar hacia la carretera, por donde se llevaron mi taxi..
Hugo Fujishima, peruano. Escritor e investigador en Ciencias de la Educación. Actualmente vive en Lima.
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