VERSIONES (renovada)
Director, editor e operador: Diego Martínez Lora
Texto: A lo que le llevó el fumar, Raulito - Autor:
Juan Carlos Farah (Perú)
Data: 19 - 08 - 2008
Juan Carlos Farah(*)
A lo que le llevó el fumar, Raulito
«A lo que le llevó el fumar a Andrés, carajo, que siempre fue un muchacho simple, como todos nosotros que nacimos en los cuarenta. Cómo deja viuda ahora a su mujer, aunque ya no tan joven, pero de esas que se ponían los vestidos apretados, escotados, brillosos—de moda—para las veladas en esos años de tantas veladas y ceremonias y reuniones y Club Waikiki en Caretas y el Bolívar en las páginas sociales de El Comercio. Carajo, ahora mírala ahí, de negro, lloriqueando un poco, pero resignada la pobre. ¿Qué pensará? Como yo probablemente, en nosotros los muchachos simples de Jesús María y de San Isidro, ahora, así. Puro entierro, puro abuelo, puro cáncer pulmonar y algunas muertes prematuras, y con cada año, carajo, que nació el nieto y se graduó la nieta y que ahora eres socio vitalicio de acá y pagas menos para entrar allá, carajo… pura vejez.
«Ya se siente la distancia entre estos funerales y estas viudas, todas de negro o de azul oscuro—porque ya de esas cosas no se fijan ni las viejas ni los viejos—y si se fijan pues son huevadas carajo, que la corbata y el smoking y la chanfainita. Ya se siente la distancia, los años que uno ve pasando, los premios Nóbel y los records Guiness. Todos esos recuerdos que laten en las paredes de la casa de este viejo Andrés, que ahora te estamos velando viejo, con whisky de etiqueta negra y cubitos de hielo demasiado grandes para los vasos. Así pasamos, de las vidas simples de esos muchachos que nacieron en los años cuarenta, a estos velorios con whisky y cubitos de hielo y chanfainita y media.
«¿Qué ibas a poder imaginarte esto aquella tarde? Tú, el pitcher de los Rangers de Jesús María—¡un equipo verdaderamente de barrio hermano!—. Ahí con Gerardo y Rodolfo, todos uniformados de gris que parecía que acabábamos de ingresar al Leoncio Prado. Todos los Rangers bien uniformados, cuando en Lima ni se soñaba con ir a entierros en La Molina y en el Campo de Marte todavía se veía gente de bien, o más bien—bueno—tal vez nosotros éramos más simples en esa época. Si aquella tarde lo último que nos pasaba por la mente era la cojudecita esa de quién está y quien no está, Andrés. Nosotros jugábamos, ¡simples carajo!… simples. Nada de cojudecitas, pero sólo a ti se te ocurriría lanzarme una pelota tan baja, tan a ras. Ahí, Andrés, con tu mujer de ahora, viuda de negro, que entonces tendría once, huevón—qué abusivo eras, fíjate—y para lucirte así, en frente de la chiquilla, me lanzaste la pelota que rebotó y me partió el tabique huevón. ¡Qué ¿por qué crees que lo tengo así de chueco?! Mira a la chiquilla ahí de sesenta y tantos años que lloriquea, pero no se olvida de asegurarse de que sobre el whisky—porque velorio sin whisky no es lo mismo—que el whisky es hasta más importante que el muerto. Yo con la sangre que chorreaba y tú ahí medio que cagándote de la risa. Y ahí se acabó mi carrera de beisbolista—prematuramente como tu vida huevón—. A lo que te llevó el fumar carajo. Yo ahí, lloriqueando al lado de la primera base, con el uniforme gris de pre-militar ensangrentado. Tú acá, muerto.
«Caminamos juntos de regreso me acuerdo, porque vivías tan cerca. Vivíamos tan cerca todos nosotros los simples de Jesús María, en la callecita esa llamada Estados Unidos que—¡Dios mío!—no se podía parecer menos a los Estados Unidos. Pero qué íbamos a saber nosotros entonces carajo, si no más habríamos viajado hasta Chincha. Después vendrían los viajes… con mucho esfuerzo Andrés ¿no? Si para mí fue después de la universidad que viajé a Miami y recién algunos años después de mi divorcio que visité Nueva York y—¿Boston?—Pues cuando Raulito entró a la universidad y le fui a dejar.
«¡Qué mierda, Andrés! Qué íbamos a saber entonces lo que era Estados Unidos nosotros. Ahí, en esa esquina de Jesús María, robándoles Chesterfields a los tíos para imitar a algún actor de alguna Western. Algún Clint Eastwood sin caballo ni llanura ni conocimiento alguno del inglés. Con Gerardo y Rodolfo que entonces todavía correteaban a tu mujer que iba de un lado de la calle al otro tirándoles piedrecitas. No creas que me he olvidado de que tu mujer era medio juguetona, medio coquetona, medio picantona—no digo medio putona carajo porque en fin es tu mujer… o al menos lo fue por un buen tiempo… al menos la firme, pero bien que le gustaban los escotes y las faldas cortas—. Bueno, con lo que se ve ahora, ¡carajo!, santas eran las muchachas de nuestra época. Sí pues, entonces tú mujer era la chiquilla esa, con la empleada medio fuerte, durita la chola—o charapa—no me acuerdo quién se la tiró, o tal vez nadie, pero estaba rica. Esa empleada que no le quitaba el ojo de encima a tu mujer porque ya te tenían bien tazado de robacunas. La fama esa que te hiciste Andrés no te la van a quitar nunca.
«A lo que te llevó el fumar, Andrés, que ese día que me rompió el tabique tu pelota rasante ya andabas con tu propia cajetilla de Inca, aunque fichón eras y siempre lo fuiste y me pedías uno de los Chesterfield de mi tío. Luego ya vendrían los BMW y las casas de playa y las lanchitas y los viajes a Europa—porque nadie va a decir que te fue mal en esta vida Andresito—pero siempre estuvo ahí el pucho. Nosotros, tú, el simple muchacho de los cuarenta, y tu pucho.»
Y siguió sorbiendo y saboreando su whisky, que sólo tomaba en estas ocasiones de muertos. Antes había sido en quinceañeros, matrimonios, bautizos y cumpleaños—con miles de trajes y corbatas de colores y mujeres con sus vestidos apretados y escotados y brillosos y de moda—. Ahora hasta el whisky le parecía negro, o azul oscuro, y los sorbos le causaban una acidez de esas que ya se veía pasando la noche con su Mylanta y su vaso de leche y por la mañana su Omeprazol. No tardó mucho en dar el pésame y en lugar de rondar por la casa como mucho cojudo que no tiene nada que hacer durante sus noches semanales, dejó su whisky—sorbido a medio sorber—sobre una mesa que bien podría haber sido el ataúd y salió en busca de su carro. Había desarrollado una especie de noción didáctica de estos entierros y no dudó en olvidarse, mientras prendía el motor del carro y lo ponía en drive, de los vestidos apretados de la mujer de Andrés, de los Rangers, de sus uniformes grises y del tabique roto, de los Chesterfield y los Inca, de Nueva York, Miami, Boston y de las esquinas de Jesús María con Rodolfo y Gerardo. Dejó todos los detalles y a los simples muchachos de los cuarenta ahí en el ataúd con Andrés, como lo había hecho con Rodolfo hacía ya casi diez años, después del derrame, y como habría de repetir pronto con Gerardo si éste seguía chupando así como le había visto chupar en el velorio. Pero didáctico, práctico, como le había enseñado la vida a ser, llamó a Raulito, que en ese entonces comenzaba la vida adulta de los complicados muchachos de los ochenta, y le dijo casualmente, como un maestro repasando con sus alumnos las cinco vocales—a, e, i, o, u—, con una voz de como si Universitario acabase de perder el clásico ante Alianza Lima:
—Hoy murió un amigo de la infancia de cáncer pulmonar. Era un gran fumador, Raulito. A lo que le llevó el fumar.
Cambridge, Mayo 2008
(*) Juan Carlos Farah, vive actualmente en Londres.
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